
En el 2007, de manera espontánea y movida por el profundo amor que el Espíritu de Cristo inspira en el corazón, Charlene Báez lideró una de las iniciativas ministeriales de mayor impacto, tanto para la salud espiritual de la iglesia como para el bienestar social de nuestra comunidad: el acercamiento a las personas que viven en las calles en torno a nuestra comunidad.
“Hermanos de la Calle” provee comida y albergue a los más necesitados y vulnerables de la comunidad – los llamados “indigentes”. El título “hermanos de la calle” nace cuando una de las jóvenes que Dios rescató “de la calle”, dando su testimonio de bautismo ante toda la congregación de ICC se dirigió de manera especial a los indigentes presentes llamándoles “mis hermanos de la calle” (como pienso que tal vez lo haría Jesús, quien tampoco tuvo donde recostar su cabeza y nació prácticamente en una cueva).
Hoy servimos más de 1600 platos de comida al mes (bien surtidos), 5 días a la semana, y damos albergue en la iglesia a un grupo de ancianos que hemos identificado como los más vulnerables (ciegos, inválidos, o algún tipo de limitación física).
Esto sin embargo es sólo “la fachada” del ministerio. El verdadero poder del asunto está en vidas transformadas por el amor – no sólo la vida de los “hermanos de la calle”, sino la nuestra como Iglesia. No es sólo el plato de comida, o la cama que se provee, es el amor encarnado, el contacto personal, la amistad y la atención. Un equipo amplio de voluntarios (incluyendo de la calle misma) se han unido a este esfuerzo, brindando un servicio con la dignidad con la que debe tratarse a todo ser humano. Como iglesia hemos cambiado porque hemos sido forzados a lidiar con nuestros propios prejuicios “escondidos” y al entrar en amistad cercana con los indigentes se han ido quebrando esas ideas preconcebidas que se tienen consciente o inconscientemente. Hemos cambiado.


